El 5 de marzo de 2024, el jurado del Pritzker anunció la decisión de premiar a Riken Yamamoto, arquitecto japonés nacido en Pekín en 1945 y residente en Yokohama, autor de cinco décadas de obra dedicada principalmente a vivienda colectiva con dimensión comunitaria. Es el noveno arquitecto japonés en recibir el galardón y el quincuagésimo tercero desde la creación del premio en 1979.
La elección fue, en algún sentido, sorprendente para el público generalista. Yamamoto no es nombre que circulase en revistas de arquitectura globales con la misma frecuencia que otros candidatos posibles. No tiene piezas icónicas que aparezcan en circuitos turísticos o en feeds de Instagram con regularidad. Su obra se concentra en un género —la vivienda colectiva pública o asequible— que la prensa de arquitectura cubre con menos entusiasmo que los museos, los rascacielos o las viviendas privadas de coleccionistas.
Y, sin embargo, el premio tiene mucha lógica si se mira lo que el jurado y el sector están proponiendo decir con la elección. La conversación pública sobre arquitectura ha estado dominada durante dos décadas por iconos individuales: torres firmadas, museos espectaculares, residencias de coleccionistas. El Pritzker 2024 dice algo distinto. Dice que la arquitectura que importa hoy, en términos de impacto social agregado, es la que se ocupa de cómo viven las comunidades reales. Y que un arquitecto que ha dedicado cincuenta años a esa pregunta merece reconocimiento simbólico equivalente al de quienes diseñan la torre de oficinas más alta o el museo más fotografiable.
Cinco décadas de coherencia
Yamamoto fundó su estudio Riken Yamamoto & Field Shop en 1973, cinco años después de graduarse en la Universidad Nihon. La trayectoria desde entonces es notablemente coherente. Las piezas más reconocidas de su obra mantienen un hilo común: trabajar la frontera entre lo público y lo privado en la vivienda, multiplicar oportunidades de encuentro entre residentes, y diseñar la planta baja como espacio donde la comunidad sucede.
Hotakubo Housing (Kumamoto, 1991) es la primera obra significativa de su carrera dedicada a vivienda social. Ciento diez unidades de vivienda dispuestas alrededor de un patio central arbolado al que solo se accede atravesando los apartamentos. La decisión es deliberada: el patio es propiedad colectiva pero acceso íntimo, lo que produce un tipo de espacio comunitario que ni la calle pública ni el patio privado ofrecen. Los residentes saben quién pasa, los niños juegan con vigilancia natural, los ancianos encuentran lugar de tránsito. Es arquitectura que construye comunidad por geometría.
Saitama Prefectural University (1999) trasladó la lógica al ámbito educativo. Edificios bajos con conexiones aéreas, plazas internas que se mezclan con el paisaje circundante, programa funcional flexible. La universidad no se concibe como contenedor de aulas sino como ciudad pequeña con sus propios ritmos colectivos.
Pangyo Housing (Seongnam, Corea del Sur, 2010) es probablemente la pieza más madura del lenguaje Yamamoto. Nueve bloques de baja altura organizados con plantas bajas transparentes —volúmenes de cristal donde se ve qué pasa dentro y qué pasa fuera— y una deck comunitaria en la primera planta que recorre todo el conjunto, conectando los bloques con bridges, jardines, plazas, parques infantiles. La densidad residencial es alta pero la sensación espacial es de baja densidad, porque la comunidad ocupa el plano superior y el ámbito privado se libera de presión visual.
The Circle at Zurich Airport (2020) llevó las ideas a un contexto muy distinto: complejo mixto en aeropuerto suizo. Hoteles, oficinas, espacios sanitarios, zonas comerciales y educativas convergen en una arquitectura que mantiene la lógica de plantas bajas activas, conexiones públicas, mezcla programática como dinamizador social. La aplicación a un contexto comercial fue aviso de que el método podía adaptarse fuera de la vivienda residencial estricta.
Lo que el jurado escribió
La cita oficial del jurado merece releerse con atención. “En su larga, coherente y rigurosa carrera, Riken Yamamoto ha conseguido producir arquitectura que es a la vez fondo y figura de la vida cotidiana, difuminando las fronteras entre dimensiones pública y privada, y multiplicando oportunidades para que la gente se encuentre espontáneamente, mediante estrategias de diseño precisas y racionales.”
Hay tres elementos que conviene desempaquetar.
El primer elemento es fondo y figura simultáneos. La arquitectura icónica funciona habitualmente como figura: pieza destacable, fotografiable, reconocible. La arquitectura de fondo —la que construye contexto sin reclamar atención— suele recibir menos reconocimiento. Yamamoto trabaja en los dos planos a la vez: sus edificios son fondo de la vida cotidiana de los residentes pero figura coherente cuando se observan desde fuera. Es equilibrio que muchos arquitectos ambiciosos no consiguen porque sacrifican uno por el otro.
El segundo elemento es difuminar fronteras pública/privada. La vivienda contemporánea ha tendido a la separación absoluta entre lo público (calle) y lo privado (interior del apartamento). Yamamoto introduce capas intermedias: zonas semi-públicas (deck comunitario), zonas semi-privadas (planta baja transparente), zonas de transición (escaleras y accesos visibles). Cada capa intermedia es oportunidad de encuentro espontáneo. El residente que cruza el deck para ir a su apartamento se cruza con vecinos. La interacción no es forzada pero tampoco es aleatoria: el diseño la favorece.
El tercer elemento es estrategias precisas y racionales. El jurado evita deliberadamente vocabulario emocional. La arquitectura social de Yamamoto no es producto de impulso ético abstracto sino de trabajo proyectual técnico. Las plantas, secciones, escaleras y patios están dimensionados con precisión. La comunidad sucede porque el diseño está bien hecho, no porque alguien lo desee con buena voluntad.
Por qué el premio importa para el oficio
La elección Yamamoto recoloca la conversación pública sobre arquitectura en tres direcciones operativas relevantes.
Recoloca el género de la vivienda colectiva. Durante dos décadas, los arquitectos jóvenes con ambición global han priorizado ganar concursos de equipamientos culturales o residencias privadas porque eran las piezas que daban visibilidad. La vivienda social era proyecto secundario, aceptado por compromiso pero no por preferencia. El Pritzker 2024 dice que la vivienda social bien hecha puede ser la pieza central de una carrera. Es señal cultural fuerte para la próxima generación de profesionales.
Recoloca la dimensión social como criterio técnico. “Arquitectura social” había quedado tristemente asociada en muchos contextos a arquitectura barata, mal terminada, con pretensiones éticas pero pobreza material. Yamamoto demuestra lo contrario: la dimensión social se construye con precisión técnica, no con renuncia material. Sus edificios están bien terminados, los detalles están cuidados, la durabilidad está asegurada. Es arquitectura social hecha con criterios de arquitectura buena.
Recoloca el papel del arquitecto como mediador. En el discurso reciente, el arquitecto estrella se ha convertido frecuentemente en figura individual con visión personal. Yamamoto representa otra cosa: arquitecto como mediador entre cliente público (administración), residentes (futuros usuarios), constructores (cadena productiva) y contexto urbano (entorno preexistente). El proyecto exitoso es el que satisface a las cuatro partes simultáneamente. Es papel menos romántico pero más útil.
Lo que enseña a los estudios pequeños
Para arquitectos jóvenes y estudios medianos —especialmente aquellos que aspiran a trabajar fuera del circuito comercial puro—, la trayectoria Yamamoto contiene lecciones operativas.
La primera es que un género consistente puede sostener una carrera coherente. Yamamoto no ha intentado abarcar muchas tipologías para mantener el estudio activo. Ha trabajado primariamente vivienda colectiva durante cincuenta años. La especialización profunda permite acumular conocimiento técnico que la diversificación superficial no consigue. Estudios que aspiran a Pritzker dentro de tres décadas pueden tomar nota.
La segunda es que la vivienda social bien diseñada tiene mercado real. La administración pública, las cooperativas de vivienda, los desarrolladores con sensibilidad social son clientes con presupuesto y con voluntad de hacer las cosas bien. No es mercado tan grande como el de oficinas o residencias privadas, pero está vivo. Estudios que se forman en este nicho tienen oportunidad real de trabajo.
La tercera es que la innovación material acumulativa supera a la innovación material espectacular. Yamamoto no tiene una innovación material como firma; tiene un repertorio de soluciones probadas que ha ido refinando durante cinco décadas. Las plantas transparentes, los decks comunitarios, los patios accesibles solo desde el interior, los volúmenes con jerarquía pública/privada explícita: todo está en su catálogo desde hace años. El refinamiento sucesivo es lo que ha producido la calidad.
Una observación final
El Pritzker tiene la habitual carga de premio individual: reconoce a una persona aunque la obra sea consecuencia de un equipo, de una cultura institucional, de una tradición arquitectónica concreta (la japonesa, en este caso, con el peso específico que tiene). Esa carga es inevitable y conviene no ignorarla.
Pero la elección de Yamamoto —en un año donde otros nombres con perfil más visible probablemente aparecían en quinielas— sugiere que el sector profesional internacional está pidiendo recolocar el centro de gravedad de la conversación. La arquitectura espectacular sigue teniendo lugar, pero ya no es el único centro. La arquitectura que se ocupa de cómo viven las comunidades reales está reclamando reconocimiento equivalente, y el premio de 2024 lo concede.
A los profesionales en activo, el mensaje implícito es claro: la próxima década valorará lo que se construye para que la gente viva mejor, no solo lo que se fotografía bien. Quien trabaje con esa premisa tiene oportunidad de hacer obra que durará. Quien siga buscando la pieza icónica como única ambición tendrá que justificar cada vez más por qué no atiende al resto.
Yamamoto, a los 78 años, sigue activo. La obra continúa. Y el reconocimiento, por una vez, ha recaído en alguien cuya trayectoria lo merecía sin que la prensa especializada hubiese tenido que recordarlo cada año.
Fuentes consultadas: